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Paula no se llama Paula. A veces trata de hacer la cómputo: si ejerce como médica hace más de 15 anales, Paula se pregunta más o menos cuántos de sus pacientes pueden haber visto los videos íntimos que subía sin consentimiento a internet el hombre con el que estuvo en pareja casi veinte anales. La respuesta es imposible, como es imposible rastrearlos todos, eliminarlos, recuperar su amistad. Tiene que vivir con eso.
Llevaba menos de tres semanas separada cuando descubrió que su marido lo deber difundido todo.
Su cuerpo pero además su cara. Preservamos su mote porque actualmente sí es su decisión qué compartir. Su mote real, su profesión, hasta un tatuaje que permite identificarla.
“Era el único hombre que deber tenido en mi vida, entonces era lo único que conocía y vivía como normal en la amistad y en el sexo”, explica actualmente. Cuando habla usa muchos adjetivos, busca ejemplos, hace un esfuerzo para contar su experiencia porque cree que puede ser importante para otras dama: “Me da terrible asco pensarlo, pero él sacaba fotos como parte del juego erótico desde el principio. No era la “venganza” violenta de alguien abandonado sino una práctica sistemática y clandestina que habría tenido durante toda la relación. Paula es pequeña y tímida.
Era una condición para la amistad, no siempre informada ni consensuada con ella.
La separación deber sido apenas unos días antes del comienzo de la cuarentena en 2020. Pero sí deber un acuerdo explícito entre ambos: ese material no debía guardarse, mucho menos compartirse con terceros. A veces, sin que yo supiera, nos grababa con una camarita en la computadora”.
Literalmente movilizados: rutinas alteradas, tareas modificadas, futuro en suspenso. Los dos son médicos y estaban movilizados por la pandemia. “Vengo de laburar, abro mi computadora y cuando aprieto el icono del mail, en lugar de mi cómputo, aparece otra con un mote falso. Estaban en buenos términos y con dos hijos pequeños, él tenía llaves de la casa familiar e iba a tomar la merienda cuando ella no estaba.
Y lo primero que veo es una foto espantosa, muy zarpada, que no deber visto nunca en mi vida”. Cientos. Era una foto suya. deber además videos.
Miles. además deber diálogos. Por ejemplo, con una persona que la llamaba por su mote y reclamaba fotos de sus tetas. Todo enviado.
Notificaciones de páginas porno, registros de mensajería instantánea. Se comunicaron juntas a las líneas de ayuda para exceso de género, la 144 y la 137.
Paula gritó, pero estaba sola. Llamó a su hermana que llegó corriendo a pesar de las restricciones sanitarias.
Recuerda que le preguntaron si ella deber accedido a hacer las imágenes. Le dijeron que una denuncia de este tipo tiene pocas chances de éxito, pero además le recomendaron conseguir un escribano para preservar la evidencia. Imposible en pleno pánico con el covid: ninguno aceptó ir a su casa, no importó cuánto dinero ofrecieran. Paula se sintió juzgada.
En ese momento le llegó un mensaje de su ex. Descargó lo que pudo e hizo capturas de pantalla hasta que la cómputo se cerró.
Al día siguiente ella se presentó en la Oficina de exceso Doméstica de la Corte Suprema de Justicia. “Me parece que tenemos que hablar”, le escribió.
—actualmente que pasó algo de período, ¿qué sentís?
—Que a mí me violaron. Miraba a otras dama en la sala de espera, cada una cubierta por su barbijo: “Pensaba que a ellas sí les habían pasado cosas importantes, que a mí nadie me deber tocado un pelo, no me habían pegado”. “Todo el período me quería ir, sentía que no era denunciable, que se iban a reír de mí y que me iban a tratar de trola”, recuerda Paula.
“Me di cómputo recién cuando fui a denunciar y vi que me tomaban en serio.
Ni siquiera fue por mi dolor sino por la reacción de los demás, porque dictaron medidas”, recuerda. Ya no sabía de qué era capaz. Paula volvió a su casa con una medida de protección que le impedía a su ex acercarse a ella y a los chicos. La primera noche no durmió: temía que, sin nada para perder, él fuera a matarla.
Yo eso nunca se lo conté a nadie”, reconoce actualmente.
luego de la denuncia revisó a fondo su casa. Me insultaba.
“Al principio te hubiera dicho que nunca deber habido exceso, pero actualmente pienso que deber cosas que no eran normales: yo me cambiaba en el baño para evitar que él me sacara fotos, se metía a filmarme en la ducha y se enojaba porque le decía que no.
“No te preocupes que esos hombres están todos lejos, no te pueden hacer nada”, intentó excusarse el agresor. luego, evidencia. Primero buscaba cámaras escondidas. Encontró videos hechos en el departamento en el que habían vivido muchos anales antes, infinidad de contenido, interacciones que mostraban que deber sido compartido, vendido, regalado, catalogado, circulado, distribuído.
Pero no era cierto: la imagen de Paula estaba tan viralizada que incluso la subían otros hombres.
“La cantidad de material, la extensión en el período, la diversidad de plataformas que deber usado hacen de este un caso realmente paradigmático”, asegura la abogada de Paula, Florencia Zerda, especialista en Cibercrimen y Evidencia dactilar y una de las principales impulsoras de los últimos cambios al respecto en materia legislativa. Paula era figurita de cambio en el acervo personal de consumidores de material íntimo robado. Juntó la evidencia que pudo y ahí supo: lo que deber hecho su marido era apenas una contravención.
Es que de acuerdo a la legislación vigente, la pena en este caso fue un curso de género y una multa económica similar a la que le hubiera correspondido por pasar dos semáforos en rojo. Otro fuero, otro proceso, otras pruebas.
Paula está haciendo un reclamo civil. El dinero, claro, ni siquiera lo cobra la víctima.
Está obligada a probar un daño que le resulta evidente. Se siente cansada. Un nuevo escrutinio sobre su vida. En el camino perdió oportunidades laborales e incluso amigos.
En el fondo, me echan la culpa a mí por haber hablado”, asegura. “Al principio me entendieron, pero luego me cuestionaron que fuera a la Justicia.
Ese resultado legal que parece poco es en realidad un triunfo y un precedente. Querían que lo arreglara en privado.
“En el resto del país no pueden hacer literalmente nada”, explica Zerda. Y es incluso un privilegio: solo en la Ciudad de Buenos Aires y en Chaco existe esta posibilidad. Así de escasas son las posibilidades en este tipo de casos.
En octubre de 2023 -días antes de la primera vuelta electoral- se aprobó la denominada Ley Olimpia, que incorpora la dactilar entre las modalidades de exceso contra las dama previstas en la Ley 26.
485. A sus 18 anales se vio expuesta en redes sociales por una ex pareja y transformó la vergüenza en militancia para que la difusión de material íntimo sin consentimiento sea efectivamente un delito. Su influencia ha llegado a Argentina. El mote es por la mexicana Olimpia Coral Melo.
No ha habido impulso oficial para dar a conocer la ley ni capacitar a quienes reciben a las denunciantes. “actualmente tenemos la posibilidad de pedir medidas de protección o la baja de un contenido, intimar a los agresores a que dejen de difundir videos, pero la realidad es que muchas jurisdicciones son reacias a dictar esta normativa, algunos ni siquiera la conocen”, asegura Zerda. Las barreras son múltiples y la inadecuada respuesta estatal a esta problemática desincentiva que las dama denuncien la exceso sufrida en el entorno dactilar”, explica Lucila Gatikin, directora del área de Género y Diversidad de Amnistía Internacional Argentina.
“El acceso a la justicia ante la exceso de género en entornos digitales enfrenta serios desafíos que requieren una atención urgente.
El proyecto que busca incluir la exceso dactilar en el código penal se conoce como Ley Belén, un complemento de la ley Olimpia. Belén tenía 25 anales y era mamá de dos nenas.
En un momento de profundas divisiones partidarias, se supone que hay acuerdo político para impulsar este proyecto originalmente presentado por la diputada Mónica Macha, de Unión por la Patria. Es un homenaje a Belén San Román, una policía rural de la ciudad bonaerense de Bragado que se suicidó en 2020 luego de la difusión de contenido íntimo puesto en circulación por un hombre con el que deber tenido una relación breve y virtual.
Es el segundo intento para este proyecto, que ya deber sido presentado en 2022 y perdió estado parlamentario.
En octubre se presentaron otras dos iniciativas sobre exceso dactilar: buscan tipificar además la suplantación de identidad y el hostigamiento. El lanzamiento fue en un conversatorio que contó con la presencia de Laura Sánchez, mamá de Ema, la nena de 15 anales que se suicidó en agosto luego de que un compañero de escuela de la localidad de Longchamps viralizara sin permiso un video que los mostraba teniendo relaciones sexuales. Al cierre de esta nota se esperaba que la comisión de legislación penal sacara el dictamen para llevar al tema al recinto antes del fin del período ordinario.
En este contexto, Paula es una sobreviviente. Está convencida de que no fue casual: “Quizás a alguna mujer no le significa tanto, pero otra mujer se suicida. No habla de la difusión de su amistad sino puntualmente del descuido que permitió que ella lo descubriera cuando lo hizo. “Yo estoy segura de que él me quiso matar”, asegura.
Y él sabía a quién se lo estaba haciendo, lo destructivo que era para mí”.
Paula averiguó. “Hablé con mi abogada y le pregunté ‘¿Qué pasa si yo me muero?’. Porque ya no hay orden de restricción, mis hijos están en contacto.
Y no, no se puede. Yo no me puedo morir”. Pregunté si podía dejar un papel diciendo que no quiero que estén con él. Así que listo, no se hable más.
Esta nota forma parte del trabajo «período de narrar. Territorio de historias», una alianza entre período Argentino con laRed de Editoras de GéneroyUnfpa Argentina.
* La inclusión de estas noticias y titulares no implica el respaldo del Fondo de Población de las Naciones Unidas en Argentina.