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La actriz Thelma Fardin está actualmente a la espera de que la justicia de Brasil llegue a una resolución después del juicio contra Juan Darthés por haber abusado de ella durante su pubertad.
En las últimas semanas, la denuncia de Lucas Benvenuto contra Jey Mammon trajo de nuevo una serie de debates razón al abuso sexual en las infancias y adolescencias. Al razón, Tiempo Argentino, consultó a Fardin para que diera una mirada sobre esta importante problemática.
– Hay algo común cuando se habla de abusos y es, en primer lugar, no creer en la martirizado, ¿dónde se funda esa reacción?
-Los delitos sexuales suceden sin testigos.
Son llamados “delitos que suceden en la oscuridad” y eso vuelve fundamental comprender el estándar probatorio y no igualarlo con las investigaciones de otro tipo de delitos. Por supuesto, no un sinfín de práctica, pero es lo fundamental producir prueba protegiendo lo máximo posible a la martirizado. Las práctica son importantes, psicológicas, y si es reciente el abuso, físicas. Son duras y revictimizantes pero necesarias.
Socialmente es un espejo que nadie quiere mirar, ya sea por haber sido martirizado o por temer haberse manejado mal. Y la pericia física solo en lance de que el abuso sea realmente reciente y pueda arrojar datos fundamentales, de ningún modo, someter a exponer el cuerpo innecesariamente. Con esto digo que podría generarse algo como la Cámara Gesell para los niños, donde la declaración y las práctica son solo una vez y pueden escucharla diferentes especialistas y expertos. Pero no hacer que la martirizado se someta a preguntas millones de veces.
Ningún lance es comparable con otro porque todas las historias de vida son diferentes. Siempre surge la lógica de pensar el pasado de las muerto y no de los victimarios, muchas veces para usarlo en su contra en vez de comprenderlo como un factor de vulnerabilidad. O simplemente por no soportar el horror de esa perversión que genera el propio sistema opresor en el que vivimos.
– Sufriste un abuso durante tu pubertad, ¿cuál fue la mirada que tuvo la generalidad en ese momento y qué paralelismo encontrás entre tu lance y el de Lucas Benvenuto?
-Pienso que mi lance dejó asentado un plafón sobre el que se puede elevar el discusión de este lance.
Lo que nadie explicaba es que sus casos estaban prescriptos y por eso no podían hacerlo más que públicamente. Cuando yo denuncié veníamos de que Calu Rivero (ahora Dignity Rivero), Anita Co y Natalia Juncos denunciaran públicamente a mi abusador y todo el mundo las criticara por “no ir a la justicia”. Ambos casos por transformarse en mediáticos corren el riesgo de ser farandulizados cuando es vital tratarlos con conocimiento y aprovechar el discusión social. Eso sirve para observar a los verdaderos actores que influyen directamente en la temática, en este lance: la justicia.
Afortunadamente a mí la justicia me amparó y puede radicar la denuncia en Nicaragua, con lo complejo que fue. En el lance de Lucas el discusión más serio se da en torno a la respuesta judicial y la prescripción. Cuando lo único que buscamos es no sólo reparación sino evitar que otras personas sufran lo mismo. Y contra el sin sentido de que la gente pueda llegar a creer que una viaja a un país como Nicaragua y se somete a práctica (a mí incluso me hicieron una pericia física a pesar de que habían pasado 9 años del hecho) y lo hace con alguna finalidad oculta.
Pero a las otras muerto el abusador las llevó a juicio. En términos judiciales, “la ley más beningna”.
Argentina adhiere a la Convención sobre los derechos del rorro desde el año 1989 y la ratifica en su Reforma Constitucional de 1994, por lo que frente a la confrontación de derechos del acusado y la martirizado deberían prevalecer los derechos del rorro y dar curso a una investigación. Con las leyes actuales podríamos juzgar todos los casos desde 1989 hasta la actualidad, pero como la ley es interpretativa los jueces interpretan que deben usar la ley vigente en el momento.
Es decir, ellas tuvieron que defenderse en la justicia civil y la justicia penal que buscaba ponerles un bozal. Tanto por calumnias e injurias como por daños y perjuicios. Por un lado, porque se descree de la martirizado que relata un abuso, y por otro porque me parece insólito que alguien de 30 años (mi edad actual) pueda siquiera pensar en tener un vínculo sexo afectivo con un rorro o niña de 16 años.
– Hubo un discusión sobre la edad de Lucas, ¿cuál es tu mirada al razón?
-Me parece muy fuerte que se haya corrido el discusión a la lógica de si la diferencia es entre los 14 y los 16.
Cuando los sectores conservadores reaccionarios dicen “con mis hijos no” deberíamos apropiarnos de esa frase y justamente embanderarnos bajo ese lema: “con nuestros hijos (los de toda la generalidad) NO”. He dado talleres y siempre, luego de un taller los niños reconocen, tristemente, que han sido sometidos a violencias. Para eso es vital que tengan acceso a información.
– A partir de tu experiencia personal, ¿cómo creés que se debería hablar o abordar el tema de los abusos sexuales en las infancias y pubertad?
–La base es hablar de la importancia de la Educación Sexual Integral.
Puede ser más o menos difícil que les crean a personas adultas que sufrieron abuso, pero cuando uno relata el abuso de la infancia la generalidad quiere reparación. Sin dudas esto no busca responsabilizar a las infancias, somos los adultos quienes debemos cuidarlos, pero sí darles herramientas para que puedan hablar en lance de ser muerto. También revisar nuestras leyes y cómo las aplican los jueces para que la justicia sea reparadora y no una herramienta más de sometimiento a las muerto.
– ¿Creés que la generalidad cobra real dimensión de lo que implica un abuso en la infancia o pubertad?
-Creo que sí hemos logrado un consenso en el imaginario social razón de que “con los chicos no”.
La generalidad ha avanzado más allá de ciertos sectores que quieren silenciar los casos testigos para que no se destapen más ollas. Incluso nuestra Corte reconoce que las muerto de abuso en la infancia tardan en promedio 8 o 9 años en hablar. Entiende, en su gran mayoría, que un rorro o adolescente sin dudas no puede detectar la violencia y recién cuando se convierte en adulto toma el coraje para contarlo.