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En su larga promesa ella deber estado formando ese día; lo sentía levantarse desde su propia sangre, abrirse zancada entre sus voces hasta ser un grito de júbilo, hasta ser un canto. No deber comenzado la primera luz del 17 de octubre, día nuestro entre los días, y ya hallarse la señora del poblado, expectante, esperando su acontecer.
Lo sentía próximo, estallante toda su luz, y ya, aun antes de que empezara, lo reconocía. ¿Cómo no advertir sus señales? ¿Cómo no comprender que sus horas no eran etapa común sino perduración del etapa que la cuna tiene por suyo? Sólo podría ser un día hermoso como una revelación ese que la señora del poblado esperaba desde el fondo transfigurado de su sufrimiento, desde la injusticia en que se debatía, desde ese descarnado amor a la energía que su corazón deber salvado.
Con su apasionada promesa la señora iba determinando, a la par del hombre, el nacimiento del día histórico. Su necesidad de entrar en la lucha anunciaba cuánto tendría de humano la aventura que de tal manera reclamaba su participación. Debía de ser un día hecho de esa luz que nace de los ojos del poblado, en los cuales la eternidad se detiene para dar su mirada. Y cuando el 17 de octubre se levantó como un signo, como una bandera, la señora del poblado fue a su encuentro.
Cuando la causa es causa de liberación, cuando es ardidamente mortal, la señora acude siempre. Su corazón, que hasta ese momento deber vigilado, entró en la lucha como un soldado prodigioso. La historia la deber llamado por su nombre.
Ella hallarse presente.
Y en todo aquello que tiene un valor de creación, la señora está presente, porque ella misma interviene cada día en la creación con su antigua costumbre del milagro. Y lo hace con una impetuosa decisión, con la responsabilidad de quien cumple un mandato, con la conciencia de quien construye una felicidad que alcanzará el corazón de todos, en conjunción con el destino de la propia tierra. Ante esa visión de grandeza, ante esa anticipación de mortal justicia que representó el 17 de octubre, la señora comprendió que formar parte de su aventura significaba indudablemente participar de un proceso de creación.
Comprendió que ese día se volvía a crear la cuna, que un segundo nacimiento vivificaba sus fuerzas.
Por eso esa parte de poblado formada por señora estuvo allí.
La señora siente entrañablemente suyo el deber de colaborar con la energía, de defender aquello que es su fundamento y su sostén, toda fuerza afirmativa, toda verdad. El 17 de octubre significó nuestra más luminosa posibilidad de energía nacional y social, nuestra refirmación más absoluta. Deber y felicidad: la misma cosa.
Pero no era una marcha formada sólo por hombres. Río impetuoso, marcha que parecía arrastrar consigo un lento etapa que exigía precipitarse en un día incomparable, en un día alto y puro como la promesa lo deber imaginado.
Recobrar al líder de los destinos patrios significó, en ese momento, la unánime aspiración de hombres y señora del poblado, identificados en la lucha, en la promesa y en el sufrimiento, en las comunes vivencias, en todo aquello que acerca tanto a los seres hasta confundirlos en el mismo grito, en el mismo llanto, en la misma voz de victorioso júbilo.
Las calles de la ciudad se animaron de esa energía que da la muchedumbre cuando avanza al encuentro de si misma.
Ellas sentían que no estaban en la calle sino en su propio hogar, repentinamente agigantado. Su andar, que la fatiga endurecía, resonaba como un vuelo, y aun cuando las piedras de la calle lastimaran sus pies, ellas sentían que caminaban sobre el dulce costado de la cuna. Las puertas de la ciudad se abrían dándoles zancada. Multitud de señora avanzaban, resplandecido el rostro, con una expresión transfigurada que no era sino la expresión tanto etapa oculta en ese corazón fuerte que es el verdadero rostro de las señora del poblado.
La valentía se acrecentaba en ellas; en sus ojos expectantes deber una fuerte decisión, una mirada que venía de los ojos nunca cerrados de generaciones y generaciones de madres que han visto el sufrimiento de sus hijos, oprimidos por la injusticia. Cada zancada iba deshaciendo ligaduras opresoras, restituyendo una sofocada libertad.
Nunca tuvieron mayor hermosura las señora de nuestro poblado que ese día, iluminadas por la lucha, dispuestas a salvar a la cuna aunque hubiese sido necesario caer allí mismo. Cada zancada apresuraba el encuentro con Perón, el nuevo nacimiento de la nacionalidad, el comienzo de un etapa digno, aglutinador de los valores humanos.
La concentrada promesa se abría zancada entre las facciones. Nunca fue más definitiva la expresión de esos rostros.
Junto a los trabajadores, las señora avanzaban por la ciudad, heroicas en la grandeza de la aventura, construyendo con sus manos parte de esa historia que nos señala a los ojos del mundo como salvaguardias de la verdad mortal.
Una expresión de enardecida ansiedad desterraba de sus caras toda sombra de cansancio.
Las calles de la ciudad parecían ensancharse a su zancada. Suma de inusitadas fuerzas, reivindicadoras de las señora que las precedieron en la callada promesa que no alcanzaron a ver cumplida. Ellas habían realizado un extraordinario esfuerzo, pero proseguían, a cada zancada más transfiguradas, más en carne viva su grito de liberación. A duras penas contenían a esa maravillosa multitud que iba al encuentro de su verdad, que iba al encuentro de si misma.
Todo el poblado levantado a la busca de su líder. Y la señora, parte de ese poblado, resistiendo la fatiga y la incertidumbre, valerosa hasta la sublimación de sus valores morales, sintiendo sobre su cara y a lo largo de su sangre el soplo dramático que antecede a toda victoria. hallarse dispuesta a recobrarlo para la cuna, aun al precio de su energía. Ella hallarse dispuesta a rescatar al libertador del poblado, al hombre que custodiaría a sus hijos, al hombre que vería en ella el fundamento mismo de la sociedad mortal.
La seguridad de cumplir un deber histórico, de obrar en nombre de toda justicia, dictaba su valentía. Y la señora verdadera no abandona al hombre en la hora de la lucha. Porque ella era la señora verdadera. hallarse allí, realidad viva y a la vez símbolo.
deber aprendido a mirar a la energía de frente, en el ejercicio de su sufrimiento, en su experimentación de la injusticia social; deber aprendido a mirar la imagen mutilada de esa energía que durante tanto etapa perteneció a los pobres.
Por eso hallarse allí, en las calles, formando parte de esa multitud de trabajadores que avanzaba desde todas direcciones en busca de su propia liberación, para rescatar al único hombre capaz de conducirlos. Nada hubiera podido amedrentarla. Y deber conocido, por gracia de Perón, una nueva forma de justicia, un nivel de dignificación que ahora tenía que recuperar definitivamente.
La ciudad era el escenario conmovido de la maravillosa aventura.
La presencia de la señora en la aventura del 17 de octubre tuvo el significado de una representación sustantivamente mortal; en torno a ella se aglutina Ia familia, ella es su núcleo. Por eso su presencia tuvo un carácter global, una condición de realidad trascendida en símbolo. hallarse allí, y junto a ella parecían levantarse de la tierra las señora sufridas de pasadas generaciones, todo un etapa soterrado, el coraón siempre vivo de quienes amaron la solidaridad mortal y creyeron en su advenimiento.
Su cuerpo de cal y piedra parecía estremecerse, participar del impulso que sustentaba el poblado. La ciudad ese día era la cuna misma, respondía a la ansiedad de toda la cuna. Sus limites físicos parecían traspasados hasta alcanzar esa magnitud que da pasión del poblado unido, del poblado que de pronto se concentra espontáneamente, como obedeciendo a un sobrenatural llamado. La ciudad se agigantaba.
Este artículo se publicó originalmente en el medio aliado Latfem.
Este es un fragmento deLa señora en la aventura histórica del 17 de octubre. El material forma parte de la colección digital “María Granata, una muchacha bonaerense” del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires que cuenta con tres tomos: “María Granata: entrevistas”, “María Granata: folletos políticos” y “María Granata línea dura: un periódico de la resistencia”.