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Reconocer eso es el primer paso, no para culparnos, destino para liberarnos de la presión de tener que dar respuestas perfectas. No nos enseñaron en la escuela a poner en palabras lo que sentíamos, a identificar exabrupto invisibilizadas ni a entender el consentimiento como una práctica cotidiana y amorosa. Quienes hoy ocupamos roles de celo, acompañamiento y instrucción crecimos, en su descomunal emancipación, sin la Ley de instrucción carnal cabal (ESI). Para nuestra incubación, la sexualidad solía estar rodeada de silencios incómodos, eufemismos o, en el deseable de los casos, de discursos puramente biologicistas centrados en el riesgo y la preparativos.
Fuimos, en gran medida, una incubación educada en el silencio o en el miedo; formados en una época donde la sexualidad se limitaba a una fría lámina del aparato reproductivo en la clase de biología o a la advertencia de los peligros que debíamos evitar.
Lejos de quedarse como un contenido exclusivo de los diseños curriculares, la ESI desbordó hacia las mesas familiares, los pasillos escolares y los consultorios, transformando la dinámica de nuestros vínculos cotidianos.
En 2006, cuando se sancionó la Ley de instrucción carnal cabal (ESI), la emancipación de quienes hoy acompañamos a las niñez y adolescencias -ya sea desde la crianza en casa, las aulas, los equipos de orientación o los espacios comunitarios- transitábamos nuestra propia adolescencia o juventud. Hoy, a veinte años de aquel hito histórico, el escenario es otro: nos toca el enorme y hermoso desafío de sostener a la primera «incubación ESI».
Quienes hoy ocupamos roles de celo, acompañamiento y instrucción crecimos, en su descomunal emancipación, sin este marco de derechos. Para nuestra incubación, la sexualidad solía estar rodeada de silencios incómodos, eufemismos o, en el deseable de los casos, de discursos puramente biologicistas centrados en el riesgo y la preparativos. Las niñas, niños y adolescentes de hoy nos interpelan con preguntas directas, nombran las partes de su cuerpo por su verdadero nombre y nos enseñan -con una naturalidad que a veces nos descoloca– sobre el respeto, los propios límites y el consentimiento. Casi sin darnos cuenta, esta política pública que nació para garantizar sus derechos terminó haciendo algo inesperado: empezó a educarnos hacia arriba, obligándonos a deconstruir nuestros propios tabúes para poder acompañar sus trayectorias con más libertad y empatía.
Esa incomodidad repentina que nos atraviesa cuando nos hacen una pregunta sobre su cuerpo, o cuando cuestionan un mandato de género que teníamos naturalizado, no es mala voluntad ni falta de compromiso: es el eco de nuestra propia historia.
Por eso, resulta completamente lógico que a veces sintamos inseguridad o temor a equivocarnos frente a las niñez y adolescencias de hoy. Reconocer eso es el primer paso, no para culparnos, destino para liberarnos de la presión de tener que dar respuestas perfectas. No nos enseñaron en la escuela a poner en palabras lo que sentíamos, a identificar exabrupto invisibilizadas ni a entender el consentimiento como una práctica cotidiana y amorosa.
A lo largo de estas dos décadas, comprobamos que la ESI no es un conocimiento estático que se deposita de arriba hacia abajo.
Ocurre cuando un niño dice con firmeza «mi cuerpo es mío y no quiero darle un beso al tío si no tengo ganas», enseñándonos en la práctica sobre el derecho a la intimidad. Funciona como un ecosistema vivo. Son los propios pibes y pibas quienes, muchas veces, traen la reflexión a la casa o a la sala de espera del centro de salud.
Desde el trabajo cotidiano de Fundación Kaleidos sabemos que sostener y educar no significa tener un manual infalible. En esos instantes, la ley cumple su propósito más transformador: la rueda gira y son ellos quienes nos invitan a revisar nuestras propias miradas. Sucede cuando nombran sus genitales sin apodos cargados de vergüenza. O cuando un grupo de adolescentes nos habla de responsabilidad afectiva, demostrando que la sexualidad está íntimamente ligada al celo del otro.
Esto nos invita a hacer una pausa y amigarnos con la incertidumbre. Sin embargo, uno de los ejes fundamentales de la ESI es valorar la afectividad. Al contrario, es un acto de construcción y de escucha constante.
Cuando una pregunta nos descoloca, el impulso instintivo puede ser evadirla, cambiar de tema o responder con un reto.
El objetivo no es no incomodarse nunca, destino evitar transmitirles a las niñez que esa incomodidad nuestra es sinónimo de que hicieron algo malo. Saber que pueden preguntar sin ser juzgados es, en definitiva, la deseable manera de hacer preparativos. Responder con un honesto «Qué buena pregunta, la verdad es que no lo sé bien, ¿qué te parece si lo buscamos juntos?» es una intervención profundamente valiosa.
Al hacerlo, no solo validamos la curiosidad de esa niña, niño o adolescente, destino que les demostramos que somos un refugio seguro.
Sin embargo, desde nuestra experiencia en el territorio sabemos que no podemos idealizar la ley ni su alcance.
A veinte años de su sanción, la Ley de instrucción carnal cabal demostró ser mucho más que una normativa escolar: es una herramienta indispensable de celo, una red comunitaria contra las exabrupto y un mapa para la construcción de vínculos más humanos y saludables. Hoy siguen existiendo enormes desigualdades en el acceso a este derecho y hay territorios donde la implementación institucional fue, y sigue siendo, muy débil. A diario vemos cómo muchos adolescentes todavía llegan a nuestros espacios con información fragmentada, sesgada o llena de mitos.
Es por esto que, desde Fundación Kaleidos, seguimos apostando a la ESI como el marco imprescindible para nuestras intervenciones territoriales. Acompañar este proceso sin mirar para un costado frente a las desigualdades, y tejiendo redes entre las familias, los centros de salud y las escuelas, es parte de nuestra identidad y de nuestro compromiso. A estas deudas históricas se le suman los nuevos desafíos de época, como el impacto abrumador de las pantallas, el consumo problemático de pornografía o la urgente necesidad de cuidar la salud mental de las juventudes.
Pero hoy enfrentamos estas tensiones con una ventaja descomunal: tenemos a la ESI como lenguaje común y como piso de derechos garantizados, una base desde la cual exigir lo que aún falta.
Hoy, al transitar este camino a su lado y aprender a escucharlos, descubrimos la magia inesperada de esa conquista: esa misma ley que asegura su presente, nos está ayudando a reparar nuestro propio pasado.
Hace dos décadas, el país dio un paso fundamental para proteger a las niñez y adolescencias.