Dadosbet ofrece bonos sin deposito para nuevos jugadores en Chile. Ideal para probar el casino sin poner plata. Activa tu bono hoy.
Reclama tu bono de registro: https://chilenobet.com/



Brenda, Morena y Lara no fueron sólo víctimas de un grupo narco; fueron puestas en escena, usadas como insignia de una hombría que necesita demostrar su fuerza a través del dolor ajeno. Como si un femicidio fuera igualmente stremeable, un contenido más para un feed saturado de animadversión. No conseguir con matar: hay que mostrar, que circule, que el mensaje se entienda. El tríplice femicidio de Florencio Varela nos muestra, otra vez, que la constreñimiento no se esconde: se exhibe.
No es casual que en paralelo proliferan las voces de jóvenes que, desde piezas húmedas y paredes sin revoque, se filman hablando de albedrío financiera, de criptomonedas, de cómo van a “pegarla” para ausentarse del barro. No son influencers en Dubái. Un modo de narrar la existencia cuando todo lo demás falla. Eso es lo más siniestro: la constreñimiento ya no es accidente ni desviación, es lingüística.
El trabajo de ocho horas es de pobre. La promesa viaja por TikTok y Discord: si no progresás es porque no querés. El estudio universitario es para perdedores. Son chicos del conurbano, con zapatillas gastadas, que repiten casi palabra por palabra el mismo guión que un millonario en Miami.
En el conurbano igualmente hay chaval que invierten su indemnización en criptos, que se meten en cursos de trading por WhatsApp, que madrugan para filmarse haciendo flexiones y repetir mantras de superación personal.
Los «cryptobros» y «traders» ya no son patrimonio de la clase media alta. La salvación está en la apuesta, en el lance, en animarse a jugar todo o nada. La precariedad material convive con la fantasía de abundancia.
La hombría quimérico igualmente es el sueño posible de una generación rota. No es contradicción: es síntoma. Con una mínima inversión, podés sentirte operador de mercado. Lo que antes parecía exclusivo de los lofts vidriados ahora circula en casas con techos de chapa.
¿Generar trabajo? A donde vamos no necesitamos trabajo. El gobierno permitió que, desde los 13 años, los chaval se puedan crear una comitente para comprar y vender bonos, acciones y otros instrumentos. Requiere menos esfuerzo que el mandato de ser proveedor. Las “fintechs” permiten volverte trader de un día para el otro y con tan solo 1000 pesos, que hoy no pagan ni 2 boletos de bondi.
En ambos, el lance se convierte en virtud, la vida en apuesta, la adrenalina en única brújula. En un caso se arriesga el cuerpo en la esquina; en el otro, se arriesga el sueldo frente a la pantalla.
“Soldaditos del narco” o “soldaditos del capital financiero”. ausentarse a morir para la ganancia de otros.
No importa cuánto tenés, sino cuánto te animás a perder.
Porque no es casual que tantos de estos chaval sean libertarios. La épica quimérico encaja con la épica política de las nuevas derechas como dos piezas diseñadas para ensamblar. Y esa pedagogía del lance es exactamente lo que Milei supo capitalizar.
El tríplice femicidio en Varela, leído desde esta perspectiva, no solo es un acto individual monstruoso: es parte de la misma trama. Milei repite lo mismo que los influencers de cripto: ausentarse de la matrix, romper con los vínculos que te atan, apostar por la albedrío individual, despreciar al Estado como si fuera un parásito. Es la versión más cruda de esa hombría quimérico donde se arriesga todo, se niega al otro, se deshumaniza, y se convierte a la constreñimiento en espectáculo. Google Ads y los algoritmos hacen el resto: segmentan, multiplican, convierten esa lingüística en sentido común.
Fromm ya lo había dicho: la destructividad no es instinto, es respuesta al vacío. El que gana es el que se ve, el que pierde desaparece. Y esa brújula es la que hoy guía a miles de varones jóvenes: los foros incel, los traders, los discursos libertarios les ofrecen una orientación clara, aunque los lleve al abismo. Cuando no hay proyecto, cuando no hay horizonte, la constreñimiento aparece como brújula torcida.
animadversión al Estado, animadversión a la mujer, animadversión al pobre que no merece. Más que debates, son comunidades de sentido. Más que ideas, son pertenencias. Tribalización del animadversión.
Odiar es más fácil que pensar, y mucho más rentable en likes. Es más sencillo culpar al planero, a la feminazi, al zurdo, que hacerse cargo del vacío propio.
Y el animadversión es adictivo y puede ser igualmente un negocio. Los chaval lo saben.
No es ignorancia: es deseo. No vivieron la dictadura, pero festejan la bota. Por eso celebran la represión, piden bala, aplauden que la policía le pegue a médicos y jubilados. Más fácil militar la constreñimiento que habitar la incertidumbre.
No buscan futuro, buscan demolición.
La hombría quimérico se volvió identidad. No se trata de tener criptos o no, de seguir a Andrew Tate o a Milei. No votan por esperanza, votan por revancha.
Lo demás es fracaso. En ese marco, la empatía es debilidad, el cuidado es de pobres y la solidaridad es una trampa. Se trata de organizar el “yo” en torno a la apuesta, al lance, a la constreñimiento. La verdadera albedrío es estar solo contra el mundo.
Esa es la lingüística que hoy circula en TikTok, en los grupos de WhatsApp y en las tribunas de la política.
Mientras tanto, en los barrios, la oferta es limitada: ser soldadito del narco o soldadito del capital financiero. No hay futuro previsible. ¿Qué otra alternativa hay? No hay educación sexual integral, hay pocos espacios de escucha para varones, y en ese número limitado se hace lo que puede con lo que se tiene, frente a un Estado nacional que atenta contra la comunidad.
Sin embargo, sí hay habilitación estatal para que los adolescentes abran cuentas de inversión: no hay red, pero sí hay ruleta. El mensaje es claro: jugátela solo y si perdés, es culpa tuya.
No conseguir con denunciar ni con escrachar. No conseguir con decir “qué ridículo ese pibe que filma su trading desde una casa sin revoque”.
El tríplice femicidio nos recuerda la urgencia de otra épica. Los ridículos somos nosotros si pensamos que con reirnos conseguir. Tampoco conseguir con los talleres de deconstrucción (que nunca llegan a ser masivos), ni con discursos morales que condenan, pero no ofrecen nada a cambio. La derecha ya entendió algo básico: los chaval no quieren solo crítica, quieren certeza.
Una que vuelva a poner lo común en el centro; que entienda la empatía como tecnología política y no como debilidad. Una épica que invite a recuperar la conversación como pilar de otra comunidad posible que habilite el encuentro, la apertura y el intercambio real, algo que requiere de escucha activa y comprensión. Una que no se enfoque en la exclusión, en el castigo, en la revancha. Porque mientras ellos prometen albedrío financiera en soledad, la única albedrío real sigue siendo posible en lo colectivo.