


💰 Con tu registro, te regalamos 10.000 pesos extraibles y 2.000.000 pesos en bonos de deposito!
🎁 Explora salas de juego unicas en Sloterias y vive una experiencia inmersiva. Transacciones protegidas para que juegues con absoluta tranquilidad.
🌐 Reclama tu bono de registro: https://casinovos.com/
✔️ Tus mejores apuestas en Sloterias! Sitio con licencia internacional y atencion al cliente por chat. Aposta y retira!
ℹ️ Mas informacion en: https://sloterias.net/
#CasinoVirtualArgentina #FichasDeCasino #JackpotArgentina #CasinoBuenosAires #TragamonedasVirtual
Paula no se llama Paula. La respuesta es imposible, como es imposible rastrearlos todos, eliminarlos, recuperar su confianza. Tiene que vivir con eso. A veces trata de hacer la balance: si ejerce como médica hace más de 15 años, Paula se pregunta más o menos cuántos de sus pacientes pueden haber visto los videos íntimos que subía sin consentimiento a internet el hombre con el que estuvo en pareja casi veinte años.
Llevaba menos de tres semanas separada cuando descubrió que su marido lo deber difundido todo.
Su cuerpo pero incluso su cara. Preservamos su nombre porque actualmente sí es su decisión qué compartir. Su nombre real, su profesión, hasta un tatuaje que permite identificarla.
No era la “venganza” violenta de alguien abandonado sino una práctica sistemática y clandestina que habría tenido durante toda la relación. Paula es pequeña y tímida.
“Era el único hombre que deber tenido en mi vida, entonces era lo único que conocía y vivía como normal en la confianza y en el sexo”, explica actualmente. Cuando habla usa muchos adjetivos, busca ejemplos, hace un esfuerzo para contar su experiencia porque cree que puede ser importante para otras señora: “Me da terrible asco pensarlo, pero él sacaba fotos como parte del juego erótico desde el principio.
Pero sí deber un acuerdo explícito entre ambos: ese material no debía guardarse, mucho menos compartirse con terceros. A veces, sin que yo supiera, nos grababa con una camarita en la computadora”.
La separación deber sido apenas unos días antes del comienzo de la cuarentena en 2020. Era una condición para la confianza, no siempre informada ni consensuada con ella.
Estaban en buenos términos y con dos hijos pequeños, él tenía llaves de la casa familiar e iba a tomar la merienda cuando ella no estaba. Los dos son médicos y estaban movilizados por la pandemia. Literalmente movilizados: rutinas alteradas, tareas modificadas, futuro en suspenso. “Vengo de laburar, abro mi computadora y cuando aprieto el icono del mail, en lugar de mi balance, aparece otra con un nombre falso.
Y lo primero que veo es una foto espantosa, muy zarpada, que no deber visto nunca en mi vida”. Era una foto suya. deber incluso videos. Cientos.
Por ejemplo, con una persona que la llamaba por su nombre y reclamaba fotos de sus tetas. Miles. incluso deber diálogos. Todo enviado.
Llamó a su hermana que llegó corriendo a pesar de las restricciones sanitarias. Se comunicaron juntas a las líneas de ayuda para violencia de género, la 144 y la 137.
Paula gritó, pero estaba sola. Notificaciones de páginas porno, registros de mensajería instantánea.
Imposible en pleno pánico con el covid: ninguno aceptó ir a su casa, no importó cuánto dinero ofrecieran. Le dijeron que una denuncia de este tipo tiene pocas chances de éxito, pero incluso le recomendaron conseguir un escribano para preservar la evidencia. Paula se sintió juzgada. Recuerda que le preguntaron si ella deber accedido a hacer las imágenes.
“Me parece que tenemos que hablar”, le escribió. En ese momento le llegó un mensaje de su ex. Descargó lo que pudo e hizo capturas de pantalla hasta que la balance se cerró.
Al día siguiente ella se presentó en la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia.
“Me di balance recién cuando fui a denunciar y vi que me tomaban en serio. Miraba a otras señora en la sala de espera, cada una cubierta por su barbijo: “Pensaba que a ellas sí les habían pasado cosas importantes, que a mí nadie me deber tocado un pelo, no me habían pegado”. “Todo el etapa me quería ir, sentía que no era denunciable, que se iban a reír de mí y que me iban a tratar de trola”, recuerda Paula.
—actualmente que pasó algo de etapa, ¿qué sentís?
—Que a mí me violaron.
Ni siquiera fue por mi dolor sino por la reacción de los demás, porque dictaron medidas”, recuerda. Ya no sabía de qué era capaz. Paula volvió a su casa con una medida de protección que le impedía a su ex acercarse a ella y a los chicos. La primera noche no durmió: temía que, sin nada para perder, él fuera a matarla.
“Al principio te hubiera dicho que nunca deber habido violencia, pero actualmente pienso que deber cosas que no eran normales: yo me cambiaba en el baño para evitar que él me sacara fotos, se metía a filmarme en la ducha y se enojaba porque le decía que no.
Después de la denuncia revisó a fondo su casa. Yo eso nunca se lo conté a nadie”, reconoce actualmente. Me insultaba.
Después, evidencia. “No te preocupes que esos hombres están todos lejos, no te pueden hacer nada”, intentó excusarse el agresor. Encontró videos hechos en el departamento en el que habían vivido muchos años antes, infinidad de contenido, interacciones que mostraban que deber sido compartido, vendido, regalado, catalogado, circulado, distribuído. Primero buscaba cámaras escondidas.
Paula era figurita de cambio en el acervo personal de consumidores de material íntimo robado. Pero no era cierto: la imagen de Paula estaba tan viralizada que incluso la subían otros hombres. Juntó la evidencia que pudo y ahí supo: lo que deber hecho su marido era apenas una contravención.
“La cantidad de material, la extensión en el etapa, la diversidad de plataformas que deber usado hacen de este un caso realmente paradigmático”, asegura la abogada de Paula, Florencia Zerda, especialista en Cibercrimen y Evidencia dactilar y una de las principales impulsoras de los últimos cambios al respecto en materia legislativa.
El dinero, claro, ni siquiera lo cobra la víctima. Otro fuero, otro proceso, otras pruebas. Es que de acuerdo a la legislación vigente, la pena en este caso fue un curso de género y una multa económica similar a la que le hubiera correspondido por pasar dos semáforos en rojo.
Paula está haciendo un reclamo civil.
Está obligada a probar un daño que le resulta evidente. Se siente cansada. Un nuevo escrutinio sobre su vida. En el camino perdió oportunidades laborales e incluso amigos.
“Al principio me entendieron, pero después me cuestionaron que fuera a la Justicia. En el fondo, me echan la culpa a mí por haber hablado”, asegura.
Ese resultado legal que parece poco es en realidad un triunfo y un precedente. Querían que lo arreglara en privado.
En octubre de 2023 -días antes de la primera vuelta electoral- se aprobó la denominada Ley Olimpia, que incorpora la dactilar entre las modalidades de violencia contra las señora previstas en la Ley 26. Así de escasas son las posibilidades en este tipo de casos. “En el resto del país no pueden hacer literalmente nada”, explica Zerda. Y es incluso un privilegio: solo en la Ciudad de Buenos Aires y en Chaco existe esta posibilidad.
485. El nombre es por la mexicana Olimpia Coral Melo. Su influencia ha llegado a Argentina. A sus 18 años se vio expuesta en redes sociales por una ex pareja y transformó la vergüenza en militancia para que la difusión de material íntimo sin consentimiento sea efectivamente un delito.
“El acceso a la justicia ante la violencia de género en entornos digitales enfrenta serios desafíos que requieren una atención urgente. Las barreras son múltiples y la inadecuada respuesta estatal a esta problemática desincentiva que las señora denuncien la violencia sufrida en el entorno dactilar”, explica Lucila Gatikin, directora del área de Género y Diversidad de Amnistía Internacional Argentina. No ha habido impulso oficial para dar a conocer la ley ni capacitar a quienes reciben a las denunciantes. “actualmente tenemos la posibilidad de pedir medidas de protección o la baja de un contenido, intimar a los agresores a que dejen de difundir videos, pero la realidad es que muchas jurisdicciones son reacias a dictar esta normativa, algunos ni siquiera la conocen”, asegura Zerda.
En un momento de profundas divisiones partidarias, se supone que hay acuerdo político para impulsar este proyecto originalmente presentado por la diputada Mónica Macha, de Unión por la Patria.
El proyecto que busca incluir la violencia dactilar en el código penal se conoce como Ley Belén, un complemento de la ley Olimpia. Es un homenaje a Belén San Román, una policía rural de la ciudad bonaerense de Bragado que se suicidó en 2020 después de la difusión de contenido íntimo puesto en circulación por un hombre con el que deber tenido una relación breve y virtual. Belén tenía 25 años y era mamá de dos nenas.
El lanzamiento fue en un conversatorio que contó con la presencia de Laura Sánchez, mamá de Ema, la nena de 15 años que se suicidó en agosto después de que un compañero de escuela de la localidad de Longchamps viralizara sin permiso un video que los mostraba teniendo relaciones sexuales. Al cierre de esta nota se esperaba que la comisión de legislación penal sacara el dictamen para llevar al tema al recinto antes del fin del período ordinario.
En octubre se presentaron otras dos iniciativas sobre violencia dactilar: buscan tipificar incluso la suplantación de identidad y el hostigamiento. Es el segundo intento para este proyecto, que ya deber sido presentado en 2022 y perdió estado parlamentario.
Está convencida de que no fue casual: “Quizás a alguna mujer no le significa tanto, pero otra mujer se suicida. “Yo estoy segura de que él me quiso matar”, asegura. No habla de la difusión de su confianza sino puntualmente del descuido que permitió que ella lo descubriera cuando lo hizo.
En este contexto, Paula es una sobreviviente.
Paula averiguó. “Hablé con mi abogada y le pregunté ‘¿Qué pasa si yo me muero?’. Porque ya no hay orden de restricción, mis hijos están en contacto. Y él sabía a quién se lo estaba haciendo, lo destructivo que era para mí”.
Y no, no se puede. Así que listo, no se hable más. Yo no me puedo morir”. Pregunté si podía dejar un papel diciendo que no quiero que estén con él.
* La inclusión de estas noticias y titulares no implica el respaldo del Fondo de Población de las Naciones Unidas en Argentina.
Esta nota forma parte del trabajo «etapa de narrar. Territorio de historias», una alianza entre etapa Argentino con laRed de Editoras de GéneroyUnfpa Argentina.