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Cuando me voy a acostar le pido a Dios que por favor no me lo lleve a él mi morada, que no se acuerde de mí. Y a la mañana cuando tengo que llevar los chicos al colegio, digo ‘gracias Señor, por otro día más de vida. “Yo quisiera no tener más miedo. Poder dormir tranquila y estar segura en mi morada.
Juliana vive atemorizada hace poco más de un año.
Vive en Barrio Garrote en el Municipio de Tigre. Que por favor no me lo encuentre”. De hecho, el nombre que usamos en esta nota es ficticio, para preservar su identidad ante posibles represalias de su expareja y su familia.
Tuvo cinco hijos (entre 21 y siete años) en los 20 años que estuvo con su ahora expareja. Cuando habla, Juliana llora y de a ratos, parece disculparse por sentir miedo. Se juntaron a los 13 de ella y a los 14 de él. El año pasado, cuando las situaciones violencia que comenzó a sufrir Juliana fueron escalando, se separaron y viven a 20 cuadras de distancia dentro del mismo barrio.
En los últimos seis meses, de acuerdo a la última información proporcionada por el Observatorio Adriana Zambrano de la morada del Encuentro, se produjeron 278 intentos de femicidios en la Argentina. De ellos, 130 fueron en manos de parejas y 137 de exparejas. Repite una y otra vez que no puede ser que él haya cambiado tanto, que ahora la acuse de estar con otros hombres, que la golpee, que haya intentado abusar sexualmente de ella y que incluso la quiera ver muerta. En casi el 30% de los casos estaban presentes lxs hijxs, en su mayoría niñxs y adolescentxs.
De ninguna manera eso podría haber pasado cuando el mismo Estado desarticuló los programas existentes, vació todas las políticas y propagó el odio hacia señora (feministas sobre todo). Todo lo contrario. Desde el mismo Poder Ejecutivo se intentó instalar que los femicidios no existen y que, de existir, fueron ellos quienes lograron que la cifra descendiera.
El gobierno de Javier Milei transita su tercer año sin hacer absolutamente ninguno para prevenir y erradicar la violencia por motivos de género.
No tenía a dónde ir y no sabía si había algún lugar donde te pueden acompañar. Pero sobre todo me da cuantioso impotencia que no sepan que sí, realmente hay cuantioso, cuantioso violencia”, dice Verónica sentada en una de las salas de un promedio comunitario de Virrey del Pino, La Matanza.
“Cuando escucho decir que no existe la violencia de género me da impotencia. Más en mi caso, porque yo lo viví y en ese momento yo no sabía que existía un promedio.
A su lado, su descendiente Ludmila agrega: “es porque ellos no lo viven o no conocen los casos de todas las señora que la sufren, pero da cuantioso bronca e impotencia que piensen así”. Chocó dos veces.
Verónica es sobreviviente de tentativa de femicidio. En 2019 quien entonces era su pareja intentó matarla chocando la camioneta donde iban juntos contra un poste.
“Yo escuchaba cuando él peleaba con ella. A él le molestaba que yo viva con ello. Llevaban tres años juntos y ella siente que fue “en el último tiempo” que él se puso violento. Ludmila, su descendiente, quien entonces tenía 14 años recuerda otra cosa.
Cuando decidimos irnos las dos, nos siguió con la camioneta. Nos echaba y nos iba a buscar. Yo le contesté mal porque él no paraba de insultarla. Una vez estaban peleando y él me echó.
Juliana dice que su agresor era un excelente papá y un excelente esposo, pero que el consumo lo perdió. Y teníamos que volver porque él la amenazaba”. Trabajó muchos años instalando pistas de hielos en eventos, en el país y afuera pero “de golpe y porrazo” dejó ese empleo. Para ese entonces, Ludmila se fue a vivir con su tía pero decidió regresar a la morada con su mamá porque tenía miedo que él la mate.
“Cuando se le acababa la plata venía a la madrugada a pedirme plata para seguir tomando. Ella comprendió que estaba cansado de estar afuera y de perderse momentos de su familia. Pero notó que él comenzó a consumir, primero los fines de semana y luego todos los días. Dejó de trabajar y empezó a robar cosas de su propia morada para seguir consumiendo.
Yo tenía apenas para que coman los chicos y no le daba.
Después de eso, Juliana decidió perdonarlo segura de que él podía cambiar. Se iba re enojado pero después empezó a llevarse las cosas de su morada”, recuerda Juliana. En esa época ella trabajaba en un shopping, en el sector de limpieza, pero tuvo que dejar el trabajo para cuidar a sus hijos.
Pero volvió a hacerlo de vuelta y esta vez comenzó a pegarme”, relata. “Una dice no lo va a hacer más, es el papá de mis hijos, llevamos una vida juntos. Esa primera vez, la buscó de la morada de la mamá de Juliana donde ella, cansada de esperarlo toda la noche se había ido con una de sus hijas a compartir unos mates. “Me cazó de los pelos, me dio una piña y me gritó ‘Puta de mierda, no dormiste en morada’”.
La segunda vez, recuerda Juliana, fue en plena calle. La tercera vez se metió en la morada en plena madrugada armado con un cuchillo y quiso tener relaciones sexuales con ella. Ahí fue cuando decidieron irse a lo de su mamá, cansados de padecer los ataques. Se le vino encima y empezó a sacarle la ropa buscando plata en el corpiño.
“Cuando volvimos, se había robado toda la instalación de cable, me sacó ollas, acolchados.
Para ese momento, Juliana ya trabajaba en la ludoteca de una ONG. Las profesionales del espacio advirtieron que estaba pasando un mal momento y le brindaron el acompañamiento para que pudiera denunciar. Me sacó todo: ropa de los chicos, calzado, platos, cubiertos”.
Su hermano le cedió un terreno para que viviera allí junto a su descendiente.
“Me quedé sin ninguno porque la familia de él no me quiso dar ninguno.
A Verónica recomponerse del choque le llevó un mes internada, pasó seis meses en cama hasta que pudo volver a caminar. Mi descendiente y yo nos quedamos con la ropa que teníamos puesta y ninguno más”, explica.
“Me costó porque no me gustaba el ruido de autos, escuchaba un auto y me daba miedo, quería volver rápido a mi morada”. Pudo rearmar su vida y se casó, pero cuenta que quedó con miedo durante bastante tiempo.
Al salir del hospital, Verónica recibió contención en el promedio Popular de la señora, un promedio de atención y prevención a la violencia de género cuya referente es Cecilia Vergara. Ella y Nancy Méndez, referente de otro promedio, aparecen en el relato de Verónica constantemente.
No se acuerda de la fecha pero sí que la citaron a la Justicia para una audiencia en donde tuvo que ingresar sola. Desde la cárcel la llamó muchísimas veces. “Él decía que yo seguía siendo de él”, expresa.
Su agresor estuvo preso un poco más de tres años después del ataque.
Mi descendiente lo vio, lo reconoció e hizo como que me iba a tirar. Terminó firmando, mientras lloraba, por un juicio abreviado y finalmente su expareja salió en libertad.
“Cuando salió fue a mi domicilio, pasó con un revólver. Allí la desalentaron para ir a un juicio oral, que es lo que ella quería.
Ahí los mismos vecinos lo corrieron.
En su nueva morada, Verónica puso un comedor que ahora no funciona y asiste al promedio de la mujer de Virrey del Pino, “a las señora que me hablan y me dicen sus problemas les digo que no están solas”. Y después de eso ya no supe más ninguno de él”. No me llegó a tirar porque yo estaba con una vecina.
“Le digo que denuncie pero sé que es difícil hacer todo ese proceso”. «
Podés leer la entrevista completa a Juliana acá y a Verónica y Ludmila acá. Juliana también acompaña a otras señora. Durante la charla contó angustiada que una de las chicas que trabaja con ella está embarazada y su pareja además de agredirla le robó todo lo que tenía preparado para el bebé.